Las tres anclas del emprendedor - Segunda ancla: La arrogancia
Escrito por el Sr. LINK
En la publicación anterior
hablamos del autosabotaje: esa forma de convertir nuestras dudas en
pensamientos y conductas que terminan frenando lo que queremos construir.
Ahora toca hablar de una ancla
que parece completamente opuesta.
La arrogancia.
Y digo que parece opuesta porque
alguien arrogante suele proyectar seguridad, dominio y una confianza casi
inquebrantable. Pero las cosas no siempre son lo que parecen. El autosabotaje y
la arrogancia pueden vivir perfectamente dentro de la misma persona.
Puedes destruirte por dentro y,
al mismo tiempo, hacer menos a todos los que están alrededor.
Muy eficiente la mente: te regaña
a ti y de paso también al equipo.
Podemos entender la arrogancia
como una actitud exagerada de superioridad, en la que una persona sobrevalora
su propio criterio y termina disminuyendo el valor, la capacidad o las
aportaciones de los demás. No se trata simplemente de sentir orgullo por lo que
has construido. Tampoco significa que debas fingir que no sabes o pedir
disculpas cada vez que haces algo bien.
Reconocer tu capacidad no es
arrogancia.
Pensar que tu capacidad invalida
la de todos los demás, sí puede serlo.
Esta ancla aparece con mucha
frecuencia en los fundadores. Y tiene cierta lógica. Tú tuviste la idea. Tú
comenzaste. Tú vendiste las primeras veces. Tú resolviste cuando no había
equipo. Tú aprendiste a golpes cómo funciona el negocio. Durante años, muchas
cosas sobrevivieron porque estabas encima.
El problema empieza cuando
conviertes esa historia en una conclusión permanente: como yo lo inicié, nadie
puede hacerlo tan bien como yo.
Entonces la empresa crece, llega
gente talentosa, aparecen nuevas herramientas y se presentan mejores formas de
trabajar, pero el dueño sigue protegiendo la primera versión de la idea como si
fuera una reliquia que nadie puede tocar.
Lo llama perfeccionismo.
Pero a veces es arrogancia con
muy buena presentación.
“Es que yo cuido mucho la
calidad.”
Perfecto. Entonces define el
estándar, forma a la persona y revisa el resultado.
“Es que nadie atiende a los
clientes como yo.”
Probablemente porque nunca has
permitido que alguien aprenda sin intervenir en cada conversación.
“Es que si no lo reviso, sale
mal.”
Tal vez. Pero si después de diez
años todo sigue dependiendo de tu revisión personal, el problema ya no es
únicamente el equipo.
“Es que así funciona porque yo
conozco el negocio.”
Claro. También hubo una época en
la que el fax era tecnología de punta. Conocer el origen no significa que debas
prohibir la evolución.
La arrogancia empresarial se
vuelve especialmente peligrosa porque no solo ancla al dueño. Ancla al negocio
completo.
Cuando nadie puede proponer algo
diferente, la innovación se detiene. Cuando cada decisión debe subir hasta el
fundador, la operación se vuelve lenta. Cuando el equipo sabe que cualquier
idea será corregida hasta parecerse a la del dueño, deja de pensar. Cuando
alguien talentoso descubre que su experiencia no tiene espacio, empieza a
buscar otro lugar donde sí la valoren.
Después, el dueño dice que la
gente no tiene iniciativa.
Qué misterio tan profundo.
Muchas empresas siguen avanzando
gracias a una persona que, desde dentro, sostiene buena parte del trabajo.
Alguien que conoce a los clientes, resuelve problemas, entiende la operación y
ha desarrollado soluciones que incluso el fundador no habría imaginado.
Sin embargo, la arrogancia impide
reconocerlo.
El dueño acepta la ayuda, pero no
el mérito. Usa la capacidad de la persona, pero sigue tratándola como si
únicamente ejecutara instrucciones. Y cuando esa persona se va, la empresa
descubre de golpe cuánto dependía de alguien a quien nunca reconoció plenamente.
Reconocer que otra persona puede
mejorar tu idea no reduce tu valor como fundador.
Lo confirma.
Porque si lograste crear algo
capaz de atraer personas que lo hacen evolucionar, entonces tu idea está
creciendo.
Tú fuiste el origen.
No tienes que convertirte en el
techo.
Una empresa que solo puede hacer
exactamente lo que su fundador imaginó en el primer día está condenada a
conservar para siempre las limitaciones de ese primer día. El negocio necesita
mantener su esencia, claro, pero conservar la esencia no significa congelar la
forma.
En Método LINK decimos que una
empresa debe aprender a funcionar contigo, sin ti o a pesar de ti.
La primera parte es sencilla:
funciona contigo porque tu visión y dirección aportan valor.
Que funcione sin ti significa que
puede operar cuando no estás presente, porque existen procesos, personas,
responsables y criterios claros.
La parte de “a pesar de ti” suele
incomodar más.
No significa que la empresa deba
ignorarte o rebelarse contra su dueño. Significa que el sistema debe ser
suficientemente sólido para proteger al negocio de tus días malos, tus
impulsos, tus puntos ciegos y, sí, también de tu ego.
Porque ser fundador no te vuelve
infalible.
Te vuelve responsable.
Habrá decisiones en las que
tendrás razón. Habrá otras donde alguien del equipo vea algo que tú no estás
viendo. Y llegará un momento, si estás construyendo bien, en el que contratarás
a personas que sepan mucho más que tú sobre determinadas áreas.
Ese debería ser el objetivo.
No contratar copias más baratas
de ti, sino desarrollar una empresa con más capacidad que la que tú podrías
reunir solo.
Ahora bien, hablar de arrogancia
no significa declarar enemigo al ego. El ego también cumple una función. Es esa
voz que, cuando todo parece ponerse en contra, te recuerda que ya has
sobrevivido antes, que tienes capacidad y que no necesitas rendirte con el
primer golpe.
Ese impulso puede levantarte.
El problema empieza cuando deja
de decirte “puedes avanzar” y empieza a decirte “eres superior”.
El ego sano te ayuda a
sostenerte.
El ego desbordado convierte cada
conversación en competencia, cada observación en ataque y cada persona
talentosa en amenaza.
Los miedos pueden frenarte.
La arrogancia puede sepultarte.
Y lo hace lentamente, porque al
principio incluso parece liderazgo. El dueño decide rápido, corrige todo y
mantiene control. Pero con el tiempo se vuelve cuello de botella, el equipo
pierde autonomía y la organización deja de crecer más allá de la capacidad
personal del fundador.
La empresa termina teniendo el
tamaño de su agenda.
Si tú no estás, no se decide.
Si tú no apruebas, no avanza.
Si tú no explicas, nadie
entiende.
Si tú no intervienes, el sistema
se paraliza.
Y después dices que no puedes
tomarte vacaciones porque nadie responde como tú.
Quizá no responden como tú porque
el negocio nunca necesitó que aprendieran a responder. Solo necesitó que
esperaran tu instrucción.
Soltar esta ancla no significa
entregar la empresa sin control ni aceptar cualquier idea para demostrar
humildad. Tampoco significa que debas permanecer en silencio mientras alguien
pone en riesgo aquello que construiste.
Significa cambiar el tipo de
control.
En lugar de imponer tu método
exacto, defines el resultado, los límites y el estándar. Permites que otra
persona encuentre una forma distinta, siempre que proteja lo importante.
Observas evidencia, corriges con criterio y aceptas que “diferente” no es sinónimo
de “mal hecho”.
También significa aprender a
reconocer.
Reconocer a quien resuelve, a
quien propone, a quien te contradice con argumentos y a quien demuestra que una
parte de tu idea puede crecer más de lo que tú habías imaginado.
La humildad empresarial no
consiste en hacerte pequeño.
Consiste en mirar con precisión.
Saber lo que haces bien, aceptar
lo que no dominas y reconocer el valor de quien puede complementar o superar tu
capacidad en un área. No necesitas fingir ignorancia. Necesitas dejar de tratar
tu opinión como si fuera la única evidencia válida.
A veces el equipo no necesita un
dueño menos fuerte.
Necesita un dueño menos amenazado
por la fortaleza de los demás.
Y ahí volvemos al autosabotaje.
Porque algunas formas de arrogancia nacen justo del miedo de no ser suficiente.
Si acepto que alguien puede hacerlo mejor, ¿qué lugar me queda? Si delego,
¿seguiré siendo importante? Si el negocio funciona sin mí, ¿para qué me
necesita?
Esas preguntas son humanas.
Pero responderlas concentrando
todo en ti convierte una inseguridad personal en un problema institucional.
Tu valor como dueño no está en
ser indispensable para cada tarea. Está en construir una empresa capaz de
sostener una visión, tomar decisiones y generar valor más allá de una sola
persona.
Cuando el negocio deja de
depender de ti para todo, no perdiste importancia.
Cambiaste de nivel.
Pasaste de ser quien ejecuta a
ser quien dirige.
Esta segunda ancla tampoco se
resuelve con una frase de “sé humilde”. Requiere observar cómo reaccionas
cuando alguien te contradice, qué pasa cuando una persona propone algo mejor,
cuántas decisiones siguen subiendo innecesariamente hasta ti y cuánto talento
estás desperdiciando porque solo aceptas personas que nunca te cuestionan.
No necesitas cargar ese análisis
como culpa. Necesitas usarlo como conciencia.
Porque las anclas tienen algo
particular: aunque estén en el fondo, la cadena sigue conectada contigo.
Mientras te niegues a verla, seguirás diciendo que el viento no ayuda, que el
equipo no empuja o que el mercado no permite avanzar.
Y quizá el motor funciona
perfectamente.
Solo olvidaste soltar el ancla.
En la siguiente publicación
hablaremos de la tercera: una ancla menos evidente, porque suele presentarse
como actividad, curiosidad, aprendizaje y hasta trabajo duro. Pero puede
mantenerte ocupado durante años sin permitirte terminar aquello que realmente
mueve el negocio.
Se llama dispersión.
Soy el Sr. LINK, y recuerda:
Nuestro NEGOCIO es que TU negocio sea negocio.
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