Un largo camino
Hay fechas que llegan sin hacer mucho ruido, pero cuando te detienes tantito a mirarlas, pesan. No pesan mal, necesariamente. Pesan porque traen memoria, cansancio, orgullo, nostalgia, coraje, gusto, aprendizajes y una que otra pregunta que todavía no termina de encontrar respuesta.
Este mes de mayo cumplo 13 años de haber iniciado este camino llamado emprender. Y sí, se dice fácil. Trece años. Así, en una frase corta, como si fuera nada más una fecha en el calendario. Pero cuando uno voltea hacia atrás y empieza a recordar todo lo que pasó para llegar hasta aquí, la cosa cambia. De pronto ya no estás hablando de años; estás hablando de decisiones, miedos, errores, clientes, socios, trámites, noches largas, pequeñas victorias y momentos en los que, siendo honestos, uno no sabía si estaba construyendo una empresa o simplemente aprendiendo a sobrevivir con estilo.
A veces la gente ve el aniversario de un negocio como si fuera una foto bonita. “Felicidades, ya cumpliste tantos años”. Y claro que se agradece. Pero detrás de esa frase hay una historia que casi nunca se cuenta completa. Porque cumplir años emprendiendo no significa que todo haya salido bien. Significa que, de alguna forma, seguiste. Significa que hubo días en los que no sabías exactamente cómo, pero encontraste manera. Significa que aprendiste a vivir con incertidumbre, y no porque te guste, sino porque el negocio te enseñó que la certeza absoluta rara vez llega antes de tomar la decisión.
Cuando recuerdo cómo empezó todo, todavía me llega una carretada de emociones. Yo estaba en un trabajo que pagaba bien. Y eso no es poca cosa. A veces uno cuenta estas historias como si dejar un empleo fuera nada más una decisión romántica de libertad, pero no nos hagamos: cuando tienes una paga segura, dejarla no es tan sencillo. El sueldo tiene una forma muy elegante de abrazarte, aunque el resto de las condiciones no sean las que quieres para tu vida.
Y ahí estaba yo, en esa mezcla rara entre comodidad y desgaste, cuando apareció un cliente con una oportunidad que, de alguna manera, yo había soñado, pero que no estaba en mis planes cercanos. Esa es una de las cosas curiosas del emprendimiento: muchas veces no llega cuando tienes todo perfectamente ordenado, llega cuando la vida te pone enfrente una puerta y te pregunta si vas a cruzarla o si vas a seguir explicándote por qué todavía no es momento.
Ese momento fue uno de los más importantes de mi vida. Tenía dos caminos: quedarme donde la paga era segura, aunque las condiciones ya no fueran las que quería, o tomar el reto de construir mi propio negocio. Y como siempre he sido una persona de retos, decidí tomarlo. En ese momento pensé que lo difícil era decidir. Qué inocencia tan bonita la de uno cuando va empezando.
Porque después descubrí que tomar la decisión era apenas el primer paso. Y quizá el más emocional, sí, pero no el más complicado. Lo primero que me topé fue con una realidad bastante simple y bastante incómoda: para trabajar con mi nuevo cliente desde mi empresa, primero tenía que tener empresa. Suena obvio, claro. Pero cuando vienes de una carrera y una maestría en ingeniería, te das cuenta de que nadie te enseñó realmente cómo crear una empresa desde cero. Te enseñan a resolver muchas cosas, a analizar problemas, a modelar, a calcular, a estructurar ideas, pero un día te sientas frente a la pregunta de cómo se constituye legalmente una empresa y de pronto la ingeniería se queda viendo hacia otro lado.
Entonces apareció ese gran maestro del emprendedor autodidacta: Google. Y sí, hoy lo digo con humor, pero en ese momento era una mezcla entre emoción, ansiedad y confusión. Buscas una cosa y te aparecen veinte caminos. Lees una recomendación y luego encuentras otra que la contradice. Ves tipos de sociedades, trámites, requisitos, nombres, obligaciones, opciones, costos, figuras legales, contadores, bancos, permisos, y de pronto una consulta que parecía de una hora se convierte en un fin de semana completo de leer, analizar, preguntar, dudar y volver a empezar.
Ahí aprendí algo que sigo viendo en muchos emprendedores: una de las primeras habilidades que tienes que desarrollar no es vender, ni operar, ni contratar. Es aprender a filtrar información. Porque información hay demasiada. Lo difícil es saber cuál aplica para ti, cuál no, cuál está incompleta, cuál está desactualizada, cuál viene de alguien que sí sabe y cuál viene de alguien que escribió con mucha seguridad algo que apenas entendía. Y a ver, eso pasa mucho. Internet tiene una capacidad impresionante para hacer que la confusión venga bien redactada.
Al final, usando intuición, criterio y esa manía mía de cuestionarlo todo, tomé la decisión que en ese momento creí correcta para constituir mi empresa. Más adelante confirmé que había sido una buena decisión. Pero la emoción de haber elegido camino duró poco, porque después llegaron los trámites. Y los trámites tienen esa habilidad tan mexicana de recordarte que la emoción es importante, pero la paciencia también.
Primero había que buscar a un corredor público para crear la empresa. Y para quien no esté familiarizado con el término, no, no estamos hablando de alguien que corre en pista con traje y portafolio. Estamos hablando de una figura legal que puede ayudarte a constituir una sociedad, revisar ciertos actos jurídicos y darle formalidad a la empresa. En ese proceso empiezas a escuchar cosas que antes no estaban en tu vocabulario diario, como el objeto social, que dicho en cristiano es la razón por la cual la empresa va a existir y las actividades que legalmente podrá realizar.
Y aquí viene una de esas verdades que se aprenden a la mala o con alguien que ya se pegó antes: cuidado con el objeto social. Porque si falta una palabra, una actividad o una línea importante, después puedes descubrir que tu empresa no puede hacer algo que tú pensabas que sí podía hacer. Y ahí ya no estamos hablando de filosofía empresarial; estamos hablando de un problema práctico. Uno de esos detalles chiquitos que, si no los cuidas, luego te cobran factura con intereses emocionales.
También necesitaba un socio. Y bueno, en esos momentos descubres quién realmente confía en ti. En mi caso, terminé convenciendo a la persona que más confianza me tiene y a quien yo más confianza le tengo: mi mamá. Nada como la mamá de uno para esos momentos donde el emprendimiento todavía es una mezcla entre proyecto, sueño, trámite y “a ver, explícame otra vez en qué te estás metiendo”.
Luego vinieron los nombres. Según esto, había que tener tres a cinco opciones para la empresa, rogando que no estuvieran ocupadas o que no se parecieran demasiado a otra ya registrada. En teoría suena sencillo. En la práctica, después de quince opciones de nombre, varias negativas, similitudes absurdas y ajustes que ya empezaban a parecer concurso de creatividad bajo presión, entendí que hasta ponerle nombre a una empresa puede convertirse en una pequeña prueba de carácter.
Después de dos semanas, quince opciones de nombre, más de tres revisiones al objeto social y varias vueltas de aprendizaje, por fin se pudo constituir la empresa. Y ahí sí, por un momento, uno siente que ya dio un paso enorme. El segundo gran paso, diría yo. Porque el primero fue decidir. El segundo fue darle existencia formal a esa decisión.
Pero claro, faltaba todo lo demás. Darse de alta en el SAT, conseguir contador, abrir cuenta bancaria, pensar en el logo, organizar documentos, revisar qué se necesitaba para facturar, entender qué obligaciones venían con todo eso y, además, hacerlo rápido, porque el primer cliente ya estaba esperando. Ahí entendí otra cosa: emprender no empieza cuando tienes todo perfecto. Empieza cuando tienes lo suficiente para arrancar y demasiadas cosas por resolver al mismo tiempo.
Y en ese momento, honestamente, yo no tenía idea de todo lo que venía.
No tenía idea de las subidas y bajadas que iba a vivir. No tenía idea de lo que significa sumar socios y después perder socios. No tenía idea de la diferencia entre un buen cliente y un cliente que, aunque pague, te cuesta paz, margen y energía. No tenía idea de la soledad que se puede sentir aun teniendo colaboradores, aliados o gente cerca. Porque hay momentos en este camino en los que, aunque estés acompañado, la decisión final se queda contigo. Y tomar decisiones de negocio mientras traes problemas personales rondando la cabeza no es nada fácil. No porque uno quiera mezclarlo todo, sino porque el dueño del negocio no puede quitarse la vida personal como si fuera saco al entrar a la oficina.
Eso casi nadie te lo explica cuando empiezas. Te hablan de ventas, de estrategia, de marketing, de administración, de clientes, de facturación. Pero no siempre te hablan de lo que se siente tomar una decisión importante cuando estás cansado, preocupado o simplemente dudando de ti. No siempre te dicen que habrá días donde una victoria pequeña te va a saber enorme porque sabes lo que costó. Tampoco te dicen que habrá derrotas que no solo vas a tener que superar, sino aprender a cargar sin dejar que te definan.
Porque emprender también es aprender a vivir con derrotas. Y no lo digo desde la tragedia. Lo digo desde la realidad. Cuando trabajas para alguien más, puedes tener malos días, errores, frustraciones o injusticias, pero muchas veces el golpe se reparte dentro de una estructura que ya existe. Cuando emprendes, el golpe suele llegar directo. Tú tomaste la decisión, tú firmaste, tú prometiste, tú cobraste, tú contrataste, tú confiaste, tú calculaste mal, tú elegiste ese camino. Y sí, también puede haber factores externos, clientes complicados, proveedores que fallan, mercados raros y situaciones que no controlas. Pero como dueño, tarde o temprano tienes que preguntarte qué parte sí te toca ordenar.
Esa pregunta no siempre gusta. Pero ayuda.
Con los años también aprendí a valorar las pequeñas victorias. Esas que quizá desde fuera no se ven tan espectaculares, pero que para ti significan mucho. El primer cliente que confía. La primera factura cobrada. La primera vez que alguien recomienda tu trabajo. La primera vez que un colaborador entiende el estándar. La primera vez que puedes pagar algo que antes te preocupaba. La primera vez que un cliente te dice “esto me ayudó”. La primera vez que volteas y dices: “a ver, esto que estoy construyendo ya no es solo una idea”.
Y ahí está lo curioso: esas pequeñas victorias muchas veces saben más dulces que las grandes, porque vienen cargadas de contexto. Tú sabes lo que costaron. Tú sabes cuántas dudas hubo antes. Tú sabes cuántas veces tuviste que levantarte, corregir, insistir, aprender y volver a intentarlo. Y por eso no son pequeñas. Solo se ven pequeñas para quien no caminó contigo.
Podría pasarme horas contando esta historia como lo que ha sido: la aventura de mi vida. Pero hubo un momento que cambió el rumbo de todo, aunque en ese instante yo no lo entendí así. Una amiga se me acercó y me dijo algo muy simple: “Tú que ya tienes un negocio, ¿cómo puedo tener el mío? Ayúdame”.
Así, sin gran ceremonia. Sin estrategia de marca. Sin estudio de mercado. Sin presentación corporativa. Solo una persona pidiendo ayuda para iniciar su propio camino.
Y ese momento, que pudo parecer una conversación más, terminó marcando buena parte de mi vida profesional. Porque ahí empecé a darme cuenta de que todo lo que yo estaba aprendiendo a golpes, con trámites, clientes, errores, decisiones y noches de duda, podía servirle a alguien más. No para evitarle todo el camino, porque eso no se puede. Pero sí para ayudarle a caminar con más claridad.
Desde entonces, una parte fundamental de mi trabajo ha sido acompañar a otros emprendedores a iniciar, continuar y hacer crecer su negocio. Y digo acompañar con toda intención, porque un consultor serio no debería llegar a venderte una receta mágica ni a decirte que todo se resuelve con una plantilla. Un consultor serio debe ayudarte a ver lo que quizá no estás viendo, ordenar lo que hoy está disperso y decirte la verdad aunque a veces no sea la más cómoda.
Con los años, ese camino fue tomando forma. Lo que empezó como experiencia personal se convirtió en criterio. Lo que empezó como resolver lo mío empezó a transformarse en ayudar a otros a resolver lo suyo. Lo que al principio era intuición fue encontrando estructura. Y poco a poco entendí que muchos negocios no fracasan porque al dueño no le importe, sino porque nunca aprendió a convertir su esfuerzo en sistema.
Y esa es una de las verdades más importantes que he aprendido en este largo camino: emprender no es solo abrir una empresa. Emprender es sostener una decisión durante años. Es aprender a vender, cobrar, cumplir, corregir, confiar, desconfiar cuando toca, pedir ayuda, revisar números, perder miedo a decir que no, volver a empezar sin hacer tanto escándalo y aceptar que lo que te trajo hasta aquí quizá no será suficiente para llevarte al siguiente nivel.
A ver, seamos honestos: uno empieza muchas veces pensando en libertad, crecimiento, independencia o realización. Y sí, todo eso puede estar ahí. Pero también hay responsabilidad, incertidumbre, soledad, trámites, pagos, errores, conversaciones incómodas y decisiones que nadie más puede tomar por ti. La libertad del emprendedor no viene sola; viene con una factura que se paga con disciplina.
Por eso hoy, después de estos 13 años, no veo el emprendimiento como una historia de éxito perfecta. Lo veo como un camino. Un largo camino. Uno que todavía estoy recorriendo. Porque si algo te enseña emprender es que nunca terminas de aprender. Apenas entiendes una etapa, aparece otra. Apenas ordenas un problema, surge uno nuevo. Apenas crees que ya dominaste una parte, el negocio crece y te pide otra versión de ti.
Y eso no está mal. Así es esto.
Lo importante es no caminarlo con los ojos cerrados. Lo importante es entender que la pasión ayuda, pero no sustituye estructura; que la intuición sirve, pero no reemplaza información; que el esfuerzo importa, pero no siempre alcanza; que pedir ayuda no te hace menos dueño, te hace más consciente; y que un negocio no permanece solo porque su fundador lo ame mucho, sino porque aprende a sostenerse con claridad, orden, decisiones y personas que entienden hacia dónde van.
Hoy miro hacia atrás y veo al ingeniero que se metió a Google a entender cómo hacer una empresa. Veo al emprendedor que buscó nombres hasta cansarse. Veo al hijo que le pidió a su mamá que confiara en él. Veo al dueño que aprendió con clientes buenos y malos. Veo al consultor que se formó escuchando problemas reales, no solo leyendo teoría. Veo al hombre que muchas veces no supo exactamente qué seguía, pero siguió.
Y también veo algo más: que cada paso, incluso los más incómodos, me fue preparando para poder sentarme frente a otro dueño de negocio y decirle: “entiendo lo que estás viviendo, no porque lo leí en un libro, sino porque también he caminado por ahí”.
Ese es el origen de mucho de lo que hoy hacemos en Método LINK. No venimos a romantizar el emprendimiento. Tampoco venimos a asustarte. Venimos a hablar de negocio con realidad, con respeto y con método. Porque emprender puede ser una de las decisiones más importantes de tu vida, pero si quieres que esa decisión permanezca, tarde o temprano tendrás que dejar de improvisar todo y empezar a construir estructura.
No necesitas tenerlo todo resuelto desde el primer día. Nadie lo tiene. Pero sí necesitas empezar a ver tu negocio con más claridad. Necesitas entender qué estás construyendo, qué parte depende demasiado de ti, qué debes ordenar, qué debes medir, qué debes delegar y qué decisiones ya no puedes seguir postergando.
Mi largo camino empezó con una oportunidad, un reto, muchas dudas y una empresa que había que constituir casi contra reloj. Hoy ese camino me trae hasta aquí: a compartir lo que he vivido, lo que he aprendido y también lo que he visto en todos esos emprendedores y empresarios que han confiado en mí.
Porque al final, emprender no es una carrera corta. Es un camino largo. Y como todo camino largo, se camina mejor con conciencia, con disciplina, con estructura y con alguien que, cuando haga falta, pueda decirte las cosas de frente, pero con la mano extendida.
Soy el Sr. LINK, y recuerda:
Nuestro negocio es que tu negocio sea negocio


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