Las tres sombras del emprendedor - Segunda sombra: La desconfianza
Escrito por el Sr. LINK
En el blog anterior hablamos de la primera sombra del emprendedor: la incertidumbre. Esa sensación que aparece cuando miramos hacia adelante y no sabemos exactamente qué va a ocurrir.
La segunda sombra se parece mucho, pero no mira hacia el futuro.
Nos mira a nosotros.
Se llama desconfianza.
No me refiero a desconfiar de un proveedor, de un socio o de un colaborador. Hablo de esa duda silenciosa que aparece cuando te preguntas si realmente eres capaz de hacer lo que el negocio te está exigiendo.
La incertidumbre pregunta: “¿Qué va a pasar?”.
La desconfianza pregunta: “¿Podré con lo que pase?”.
Y esa pregunta pesa.
Podríamos ir otra vez al diccionario para encontrar una definición correcta y bastante educada. Pero la desconfianza del emprendedor se entiende mejor cuando tienes que presentar una propuesta y, antes de entrar, te preguntas si realmente sabes lo suficiente; cuando un cliente grande te dice que sí y la emoción dura exactamente hasta que recuerdas que ahora tienes que cumplir; cuando el equipo te pide una decisión y tú tampoco estás seguro de cuál es la respuesta; cuando el negocio crece y empieza a necesitar una versión de ti que todavía no conoces.
La desconfianza aparece justo en la distancia entre la persona que eres hoy y la persona que crees que necesitas ser para dirigir lo que estás construyendo.
Tengo una noticia buena y una mala.
Vas a poder hacer muchas cosas.
Y también habrá cosas que no podrás hacer.
¿Por qué? Porque eres una persona.
Suena demasiado simple, pero es importante entenderlo. Ser emprendedor no te convierte automáticamente en vendedor, financiero, administrador, líder de personas, experto en procesos, negociador, estratega y especialista tecnológico. El problema es que, durante las primeras etapas, el negocio suele pedirte que juegues todos esos papeles al mismo tiempo.
Entonces hacemos lo que podemos.
Aprendemos sobre la marcha. Preguntamos. Buscamos información. Cometemos errores. Improvisamos soluciones. Algunas funcionan y otras se convierten en historias que, años después, contamos con una sonrisa porque ya sobrevivimos a ellas.
El problema aparece cuando le invertimos a todo menos a nosotros mismos.
Compramos equipo, desarrollamos una página, pagamos publicidad, rentamos un espacio, mejoramos el producto y contratamos herramientas. Pero no siempre dedicamos tiempo a desarrollar las capacidades que necesitaremos para dirigir todo eso.
Y cuando llega una decisión que rebasa nuestras herramientas, empezamos a dudar.
Dudamos de nuestra capacidad para vender, para administrar, para manejar dinero, para liderar personas, para poner límites, para cobrar, para delegar o para sostener conversaciones difíciles. Algunas dudas son razonables porque nos alertan de una brecha real. Otras crecen porque nunca hemos reunido evidencia de lo que sí somos capaces de hacer.
Sé que esto pasa porque también me ha pasado.
Los consultores también somos seres humanos. No venimos de fábrica con una varita mágica, un manual de respuestas perfectas y la capacidad de solucionar cualquier problema en la primera sesión. También estudiamos, nos equivocamos, probamos, corregimos y seguimos aprendiendo.
La diferencia no debería estar en fingir que uno nunca duda. Debería estar en la forma en que usa esa duda.
Una desconfianza bien leída puede señalarte dónde necesitas prepararte. Puede decirte que te falta información, práctica, experiencia o apoyo. El problema es cuando la conviertes en una conclusión permanente: “no puedo”, “no soy bueno para esto”, “seguramente voy a fallar”, “mejor no lo intento”.
Ahí la sombra deja de acompañarte y empieza a decidir por ti.
La confianza no nace de repetirte frente al espejo que eres extraordinario. Puede ayudar un rato, pero el espejo no suele revisar indicadores ni pagar nómina. La confianza se construye con preparación, práctica y evidencia.
Confías más en ti cuando estudias algo y logras aplicarlo. Cuando tomas una decisión, observas el resultado y entiendes por qué funcionó. Cuando te equivocas, corriges y la siguiente vez respondes mejor. Cuando puedes mirar hacia atrás y reconocer que ya resolviste problemas que, en otro momento, parecían enormes.
Por eso me apasiona tanto la historia.
La historia no es únicamente una colección de fechas y personajes. Es el registro de lo que ocurrió, de las decisiones que se tomaron, de sus consecuencias y de los patrones que vuelven a aparecer. Hay una idea muy conocida que dice que quien no aprende de su historia tiende a repetirla.
En los negocios sucede exactamente lo mismo.
Si no registras lo que salió mal, si no analizas la causa, si no aceptas tu parte y si no cambias algo, el error regresará. Tal vez con otro cliente, otro empleado o un nombre distinto, pero con el mismo fondo.
El ser humano tiene una capacidad sorprendente para tropezar varias veces con la misma piedra y, además, reclamarle a la piedra por no haberse movido.
No le tengas miedo a equivocarte. Tenle respeto, porque los errores cuestan, pero no permitas que el temor te impida actuar. Lo que sí debería preocuparte es equivocarte siempre de la misma manera y negarte a aprender.
La confianza se fortalece cuando dejas de depender de la improvisación.
Durante años les he dicho a algunos clientes que no quiero convertirme en el consultor del botón rojo. Ese consultor que aparece cada vez que ocurre exactamente el mismo problema, oprime el mismo botón, salva el día y se va, esperando que lo vuelvan a llamar cuando todo se repita.
Puede ser un gran modelo de ingresos.
También sería una manera bastante pobre de hacer consultoría.
Prefiero ayudarte a construir ese botón rojo para que tú puedas resolver el problema la siguiente vez sin depender de mí. Entonces, cuando aparezca un reto nuevo, podremos trabajar en un botón verde, luego en uno azul, uno amarillo y todos los colores que el negocio vaya necesitando.
La idea es que tu capacidad crezca.
Una consultoría debería dejarte más preparado, no más dependiente. Un buen acompañamiento no elimina todos tus problemas; te ayuda a construir criterio, procesos y herramientas para resolverlos mejor.
Lo mismo debes hacer contigo.
No necesitas convertirte en experto en todo. Necesitas entender qué debes saber, qué debes desarrollar y en qué momento conviene apoyarte en alguien más. Habrá ocasiones en las que necesitas un mentor que comparta la experiencia de haber recorrido un camino parecido. En otras, un coach puede ayudarte a trabajar habilidades, hábitos o comportamientos. Y habrá problemas de estructura, procesos, control o dirección donde lo que necesitas es consultoría.
No compiten entre sí. Cumplen funciones distintas.
Lo importante es rodearte de personas que te ayuden a crecer y no únicamente de personas que te digan que todo va muy bien. A veces el acompañamiento más valioso es el que te mira a los ojos y te dice: “esto todavía no lo sabes hacer, pero lo podemos trabajar”.
Eso no disminuye tu capacidad.
La vuelve consciente.
También necesitas aceptar que no tienes que conservar todos los papeles para siempre. Quizá al principio tú vendías, operabas, administrabas y gestionabas personas porque no había nadie más. Eso no significa que tengas que hacerlo durante veinte años.
Desarrollarte como dueño también significa saber qué debes dejar de hacer.
La desconfianza suele crecer cuando sentimos que el negocio exige que seamos extraordinarios en todo. Pero el papel del dueño no es hacer todo mejor que los demás. Es construir una empresa donde las capacidades correctas estén en las personas correctas y donde el sistema no dependa de una sola cabeza.
Ahora bien, delegar no elimina la responsabilidad.
En Método LINK hablamos de responsabilidad total: eres responsable de lo que piensas, dices, haces y sientes, porque todo ello influye en tu ejecución y en tus resultados. No significa que controles el mundo ni que todo sea tu culpa. Significa que reconoces tu parte y decides qué harás con ella.
Puedes desconfiar de una decisión y aun así prepararte para tomarla. Puedes sentir miedo y, al mismo tiempo, buscar información. Puedes reconocer que no sabes y pedir ayuda. Puedes aceptar que te equivocaste sin convertir ese error en tu identidad.
Eso es responsabilidad.
No se trata de pensar: “seguro puedo con todo”.
Se trata de decir: “voy a descubrir qué necesito para poder responder”.
La desconfianza no desaparecerá completamente. Igual que la incertidumbre, volverá cada vez que te enfrentes a una etapa nueva. Puedes dirigir una empresa durante años y volver a dudar cuando tengas que entrar a otro mercado, contratar un director, abrir una sucursal, levantar inversión o dejar una parte importante del negocio en manos de alguien más.
Que dudes no significa que eres débil.
Significa que reconoces la importancia de la decisión.
La clave está en no quedarte ahí.
Avanza, prepárate, aprende de ti, acepta lo que todavía no dominas y reúne evidencia de tus progresos. La confianza no es una declaración; es la memoria de todas las veces que enfrentaste algo difícil, aprendiste y respondiste mejor.
No existe una forma de garantizar que nunca volverás a equivocarte. Sí existe una forma de equivocarte con mayor conciencia, de corregir más rápido y de evitar que el mismo error gobierne tu negocio.
Atrévete a confiar en ti, pero no desde el ego.
Confía desde la preparación.
Esta es la segunda sombra. En la siguiente publicación hablaremos de la tercera hermana, quizá la más silenciosa de todas. Porque puedes tener herramientas, equipo, clientes y personas que te quieren, y aun así sentir que nadie entiende realmente lo que estás cargando.
Soy el Sr. LINK, y recuerda: Nuestro NEGOCIO es que TU negocio sea negocio.


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