Las tres sombras del emprendedor - Primera sombra: La incertidumbre
Escrito por el Sr. LINK
Dicen que emprender es un deporte extremo. Que no cualquiera está hecho para esto. Que se necesita valor, resistencia, visión, disciplina y una dosis razonable de locura para levantarse un día y decidir que vas a construir algo que todavía no existe.
Todas esas frases pueden ser ciertas. También pueden ser una forma bastante romántica de contar algo que, cuando lo vives, se siente mucho menos elegante.
Después de 13 años recorriendo este camino, primero como emprendedor y después acompañando a dueños de negocios de distintos tamaños, cada vez tengo más claro que un emprendedor no nace: se hace. Se va formando con las decisiones que toma, con los errores que comete, con las oportunidades que aprovecha, con las pérdidas que aprende a cargar y con todas esas situaciones para las que nadie lo preparó.
Por eso quiero abrir esta serie que he llamado La radiografía del emprendedor. No pretende decirte cómo deberías sentirte ni convertir la vida empresarial en una clase de motivación. Busca mirar con honestidad algunas cosas que nos acompañan mientras emprendemos y que, aunque rara vez aparecen en el plan de negocio, terminan influyendo en casi todas nuestras decisiones.
Esta primera serie se llama Las tres sombras del emprendedor.
Les llamo sombras porque viajan con nosotros. Algunas veces se ven enormes, especialmente cuando el camino se complica; otras parecen pequeñas y casi desaparecen cuando las cosas marchan bien. Pero siguen ahí, moviéndose a nuestro lado.
Puedes llevar un año emprendiendo o cincuenta. Puedes tener una empresa de una sola persona o dirigir cientos de colaboradores. Puedes haber iniciado diez negocios y haber tenido distintos resultados con cada uno. Aun así, estas sombras volverán a presentarse cada vez que tomes una decisión importante, entres a una etapa nueva o te enfrentes a algo que todavía no sabes controlar.
No son enemigas. Tampoco significan que estés haciendo algo mal. Simplemente son parte de esa identidad que vamos construyendo cuando decidimos convertirnos en dueños de negocio.
La primera sombra es la incertidumbre.
Podríamos abrir el diccionario y buscar una definición impecable, de esas que suenan muy bien y explican muy poco de lo que uno siente. Pero la incertidumbre del emprendedor no se entiende verdaderamente desde una definición. Se entiende cuando estás sentado por la noche haciendo cuentas y no sabes si el siguiente mes venderás lo suficiente; cuando mandas una propuesta importante y no sabes si el cliente responderá; cuando contratas a una persona y todavía no sabes si será capaz de caminar contigo; cuando inviertes en un producto que te emociona, pero el mercado aún no ha dicho si también le emociona.
La incertidumbre es vivir sin tener todas las respuestas y, aun así, tener que decidir.
Me encantaría decirte que el Sr. LINK tiene una bola de cristal. Que puedes sentarte conmigo el día que empiezas y yo te voy a explicar exactamente qué va a ocurrir, cuándo llegará tu primer gran cliente, cuántas personas tendrás que contratar, qué errores vas a cometer y en qué momento el negocio te permitirá respirar con tranquilidad.
Sería maravilloso.
También sería una mentira.
No puedo decirte cuál será tu futuro porque ese futuro todavía no existe. Se va construyendo con cada decisión, cada conversación, cada venta, cada error y cada paso que das. Nadie puede asegurarte que el negocio funcionará exactamente como lo imaginaste. Lo que sí podemos hacer es trabajar para que las probabilidades se acerquen cada vez más al futuro que quieres construir.
Pero el primer paso sigue siendo brutalmente difícil.
Es un salto de fe.
Hay una vieja parábola empresarial que habla de una gallina y un cerdo que deciden abrir un negocio de huevos con tocino. La gallina ofrece poner los huevos; el cerdo tendría que aportar el tocino. Ambos participan, claro, porque sin uno de los dos no existe el platillo. Sin embargo, el nivel de compromiso no parece exactamente el mismo.
Cuando emprendes, muchas veces te sientes como ese cerdo. No porque debas sacrificar tu salud, tu familia o tu vida para probar que eres un empresario de verdad. Esa idea de que solo vale quien se destruye trabajando es bastante peligrosa. La metáfora sirve para entender la exposición: sientes que estás poniendo tu nombre, tu dinero, tu reputación, tu tiempo y una parte importante de tu vida en algo cuyo resultado todavía desconoces.
Y ahí aparece la incertidumbre en toda su elegancia.
¿Voy a vender? ¿Le gustará a la gente lo que estoy haciendo? ¿El precio es correcto? ¿La persona que contraté me responderá? ¿Podré pagar la nómina? ¿Tendré dinero para la colegiatura? ¿Este cliente volverá? ¿La inversión valdrá la pena? ¿Tomé la decisión correcta? ¿Debería insistir o retirarme?
Las preguntas cambian conforme crece el negocio, pero la sensación permanece.
Al principio te preocupa conseguir el primer cliente. Después te preocupa atender a todos los que llegaron. Primero dudas si alguien querrá trabajar contigo; más adelante dudas si estás formando correctamente al equipo. Primero no sabes si debes invertir; después no sabes cuánto invertir sin poner en riesgo el flujo. La incertidumbre no desaparece cuando el negocio crece. Se vuelve más sofisticada.
Puedes haber creado varias empresas y seguir sintiéndola cada vez que comienzas una nueva. La experiencia ayuda, por supuesto. Te da herramientas, criterio, referencias y una mayor capacidad para reconocer patrones. Pero ningún historial de éxito convierte el futuro en algo completamente predecible.
Por eso no deberíamos gastar tanta energía tratando de eliminar la incertidumbre. No se puede. Lo que sí podemos hacer es evitar que nos paralice.
La incertidumbre se vuelve peligrosa cuando dejamos de decidir porque estamos esperando una certeza que nunca llegará. Queremos todos los datos, todas las garantías, todas las respuestas y un permiso firmado por el universo donde se comprometa a que nada saldrá mal.
Y el universo, qué descortés, no suele firmar contratos.
En algún momento tienes que decidir con la mejor información que tienes, reconocer lo que todavía desconoces y avanzar con un margen razonable de riesgo. Eso no significa actuar impulsivamente. Significa prepararte para responder.
Ahí está una de las diferencias más importantes: no deberíamos tener tanto miedo de no saber qué va a ocurrir. Deberíamos preocuparnos por no saber qué hacer cuando ocurra algo distinto a lo esperado.
No puedo prometerte que un cliente pagará a tiempo, pero sí puedes crear condiciones de pago, seguimiento y cobranza. No sabes si una persona se quedará durante años, pero sí puedes definir un perfil, evaluar su compatibilidad, documentar su rol y preparar una transición. No sabes si las ventas bajarán, pero puedes revisar indicadores y detectar antes la tendencia. No sabes si te equivocarás, pero puedes construir un sistema donde el error se identifique, se corrija y no se convierta en costumbre.
Eso es parte de lo que hacemos en Método LINK. No eliminamos la incertidumbre porque sería prometer algo imposible. Trabajamos para reducir el espacio donde esa incertidumbre puede convertirse en caos.
Cuando conoces la esencia de tu negocio, entiendes mejor qué decisiones son congruentes contigo. Cuando tienes procesos, sabes cómo responder sin inventar todo de nuevo. Cuando revisas indicadores, dejas de decidir únicamente desde la sensación. Cuando existen responsables, acuerdos y formas de seguimiento, el futuro sigue siendo incierto, pero ya no estás completamente a oscuras.
La metodología no adivina lo que pasará.
Te prepara para enfrentarlo.
Hay una frase muy conocida de un pequeño maestro verde del cine que, en esencia, nos recuerda que llega un momento en el que debemos hacer algo o decidir no hacerlo; quedarnos eternamente en el intento solo alarga la duda. Esa idea tiene mucho sentido para el emprendedor.
No todas las oportunidades deben aceptarse. No todas las ideas deben convertirse en negocio. No todos los proyectos merecen seguir. También es válido decidir que algo no conviene. Lo importante es no vivir atrapado en un punto medio donde no avanzas, pero tampoco cierras; no inviertes, pero sigues gastando energía; no dices que sí, pero tampoco dices que no.
Esa indefinición produce todavía más incertidumbre.
Ahora bien, avanzar implica aceptar que vas a equivocarte. No una vez. Varias. Y aquí tampoco quiero romantizar el error. Equivocarte puede costar dinero, tiempo, relaciones y oportunidades. No es agradable ni necesariamente heroico.
El error solo se convierte en aprendizaje cuando lo observas, aceptas tu responsabilidad, corriges la causa y modificas la forma de operar. Si haces exactamente lo mismo y esperas otro resultado, no estás aprendiendo; estás convirtiendo la equivocación en procedimiento.
La incertidumbre va a acompañarte durante toda tu vida empresarial. Estará presente cuando empieces, cuando crezcas, cuando contrates, cuando delegues, cuando abras una nueva línea, cuando entres a otro mercado y hasta cuando tengas que decidir si es momento de detenerte.
Pero que esté presente no significa que tenga que dirigir tu negocio.
Puedes reconocerla sin obedecerle. Puedes escuchar lo que te está diciendo sin convertir cada duda en parálisis. Puedes aceptar que no controlas el futuro y, al mismo tiempo, responsabilizarte de lo que sí puedes hacer hoy para acercarte a él.
Eso es emprender: avanzar sin garantía, pero no sin criterio.
Esta es la primera de las tres sombras. En la siguiente publicación hablaremos de una sombra muy cercana, casi su hermana gemela. Porque una cosa es no saber qué va a pasar y otra muy distinta es dudar de si tú serás capaz de enfrentarlo.
Soy el Sr. LINK, y recuerda: Nuestro NEGOCIO es que TU negocio sea negocio.


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