Escrito por el Sr. LINK
Uno de los primeros clientes que
tuve dentro de un grupo de networking fue Hoja Santa: Productos Artesanales,
una empresa que vendía productos de Oaxaca. La lideraba Jacinta Martínez,
una mujer joven, originaria de la comunidad triqui, esa misma comunidad
que muchas personas identifican por aquellos niños basquetbolistas que se
hicieron conocidos por jugar descalzos y demostrar, con puro empuje, que la
falta de condiciones no siempre detiene a quien trae carácter.
Jacinta era así. Entrona,
trabajadora, insistente, con una energía muy especial. De esas dueñas de
negocio que no están jugando a emprender. En Hoja Santa vendía productos
alimenticios, ropa, piezas de plata y otros artículos hechos por personas de su
comunidad: su hermana, primas, conocidas, familiares y artesanos cercanos.
En ese momento, lo que se veía
era una emprendedora con buen producto, muchas ganas, mucha historia alrededor
y una necesidad clara de vender más y mejor. Lo que todavía no estaba
completamente claro —ni para ella ni para el negocio— era que ahí había algo
más que producto. Había una marca con una identidad mucho más fuerte de lo que
parecía. Pero esa parte la entendimos después.
Primero había que revisar algo
menos romántico, pero bastante importante: si realmente estaba ganando dinero.
Parte importante de su oferta era
comida. Y ahí me acordé de una frase que mi abuela decía mucho. Ella decía que
había tres cosas que la gente siempre iba a necesitar: comida, vestido y ataúd.
Porque la gente siempre come, la gente siempre se viste y, bueno, la gente
siempre se muere.
Crudo, pero bastante claro. Muy
de abuela práctica, de esas que no necesitaban una presentación con gráficas
para explicar el mercado.
Entonces, bajo esa lógica, vender
comida suena como un gran negocio. Todo mundo come. Todo mundo necesita
alimento. Si además el producto es bueno, parece que tienes una combinación
ganadora.
Pero en los negocios, parecer no
siempre es ser.
Cuando nos sentamos a revisar la
operación de Hoja Santa, una de las primeras cosas que vimos fue cómo Jacinta
estaba poniendo sus precios. Ella compraba ciertos productos ya elaborados y,
sobre ese costo, les sumaba un porcentaje que consideraba razonable para
venderlos. Algo muy común. Algo que muchos dueños hacen. Algo que suena lógico…
hasta que empiezas a abrir los números.
Tomemos un ejemplo sencillo: el queso
Oaxaca, también conocido como queso de hebra o quesillo.
Supongamos que el producto le costaba 100 pesos. Ella decía: “Bueno, le gano 40
pesos y lo vendo en 140”. A primera vista, suena bien. Compro en 100, vendo en
140, gané 40. Negocio redondo, ¿no?
Pues no necesariamente.
Porque cuando empezamos a revisar
todo lo que realmente le costaba tener ese producto disponible para vender,
moverlo, almacenarlo, entregarlo, promoverlo y cobrarlo, el costo real ya no
era de 100 pesos. Era más alto. Tal vez no mucho más por pieza, pero sí lo
suficiente para que esos 40 pesos que parecían utilidad empezaran a
desaparecer.
Y ahí apareció la verdad
incómoda: había productos que Jacinta no estaba vendiendo con utilidad real.
Los estaba vendiendo para moverlos, para ser competitiva, para que le
compraran… pero no necesariamente para ganar.
Y cuando vendes sin ganar, puede
pasar algo muy duro de aceptar: estás pagando para que te compren.
Suena exagerado, ya sé. Pero
muchas veces eso es exactamente lo que ocurre. El cliente se lleva el producto,
tú te quedas con la satisfacción de haber vendido, el negocio se mueve, hay
actividad, hay entrega, hay conversación, hay sensación de avance… pero cuando
revisas bien, descubres que una parte de tu utilidad se fue subsidiando la
venta.
En cristiano: le pusiste dinero
para que el cliente te comprara.
Y aquí no estoy diciendo que
Jacinta lo hiciera mal por descuido. Al contrario, estaba haciendo lo que
muchísimos emprendedores hacen al inicio: tomar el costo más visible, sumarle
“algo” y salir a vender con ganas. El problema es que en los negocios no gana
quien más se mueve, sino quien entiende qué está pasando mientras se mueve.
Porque una cosa es vender. Otra
cosa es ganar. Y otra, muy distinta, es saber exactamente por qué ganaste.
Ahí es donde tenemos que hablar
de costos.
Y sí, ya sé que la palabra
“costos” no emociona igual que “ventas”, “crecimiento” o “nuevo cliente”. Pero
si no entiendes tus costos, tu precio puede convertirse en una ocurrencia con
buena intención. Y las ocurrencias, cuando se mezclan con dinero, pueden salir
bastante caras.
Hablemos sencillo. Un costo es
todo aquello que necesitas pagar para producir, comprar, mover, entregar o
sostener lo que vendes. No es solo lo que pagaste por el producto. Es todo lo
que participa para que ese producto llegue al cliente y para que tu negocio
pueda seguir funcionando.
Los costos suelen dividirse en
dos grandes grupos: directos e indirectos.
Un costo directo es el que puedes
asociar claramente con el producto. En nuestro ejemplo, si compras un kilo de
queso Oaxaca en 100 pesos, ese es un costo directo. Si tú lo fabricaras,
entonces la leche, el cuajo, la sal, la mano de obra directamente involucrada y
todo lo que entra de forma clara en ese kilo de queso también sería costo
directo.
Dicho de otra forma: si puedes
señalarlo y decir “esto fue necesario para hacer o comprar este producto
específico”, probablemente estás frente a un costo directo.
Luego están los costos
indirectos. Esos son más traviesos, porque no siempre se dejan ver tan fácil.
La luz, la renta, el agua, el gas, el internet, el sueldo de una persona
administrativa, la gasolina para entregar, el almacenamiento, ciertas
herramientas, incluso parte del tiempo de alguien que coordina pedidos. Todo
eso también sostiene el producto, aunque no puedas decir con exactitud: “este
foco prendido corresponde a este kilo de quesillo”.
Pocas empresas pequeñas pueden
medir cuánta luz se usó exactamente para producir o almacenar cada unidad.
Entonces hay que estimar. Si tu recibo de luz es de 500 pesos y sabes que una
parte importante se usa para el negocio, tienes que asignar una proporción. Tal
vez no será perfecto, pero será mucho mejor que hacer como si no existiera.
Porque ese es uno de los grandes
errores: como no sé medirlo exacto, no lo cuento.
Y no. Que no lo midas no
significa que no te cueste.
También existe otra clasificación
importante: costos fijos y costos variables.
Un costo fijo es aquel que, más o
menos, tienes que pagar aunque vendas poco o vendas mucho. La renta, ciertos
sueldos, algunos servicios, una mensualidad de software, un pago fijo de
almacenamiento. No significa que nunca cambie, pero no se mueve directamente
con cada unidad vendida.
Un costo variable, en cambio,
cambia conforme vendes o produces más. Si vendes más queso, necesitas comprar
más queso. Si produces más prendas, necesitas más tela. Si mandas más pedidos,
pagas más empaques o envíos. El costo variable acompaña el movimiento del
producto.
Y aquí viene lo interesante: los
costos no viven en cajitas perfectas. Puedes tener costos directos variables,
como la materia prima. Puedes tener costos indirectos fijos, como la renta.
Puedes tener costos indirectos variables, como ciertos gastos de envío o
comisiones por plataforma. La vida real del negocio no viene ordenadita para
que uno la entienda rápido. Qué considerado sería, pero no.
Por eso hay que hacer el
ejercicio.
No para volverte contador. No
para llenar hojas eternas. No para presumir que ahora sí sabes usar fórmulas.
Sino para entender algo básico: cuánto te cuesta realmente vender lo que
vendes.
Porque una vez que tienes tu
costo total, entonces sí puedes hablar de precio.
Antes no.
Antes solo estás adivinando con
seguridad, que es una de las formas más peligrosas de dirigir.
Supongamos que después de sumar
el producto, el empaque, una parte del transporte, cierta merma y una
proporción razonable de tus gastos indirectos, ese queso que creías que costaba
100 en realidad te cuesta 120 pesos.
Ahora sí viene la pregunta:
¿cuánto quieres ganar?
Y aquí hay dos formas comunes de
calcularlo que se confunden muchísimo.
La primera es decir: “Quiero
ganarle 30% sobre mi costo”. Si tu costo total es de 120 pesos y quieres
ganarle 30% sobre ese costo, multiplicas 120 por 1.30. Eso te da 156 pesos. Es
decir, si quieres ganarle 30% sobre lo que te cuesta, tendrías que venderlo en
156.
Ahora recordemos el caso de Hoja
Santa. Jacinta lo estaba vendiendo en 140.
Ahí parece que sí ganaba, porque
140 sigue siendo más que 120. Pero si su precio sano, según su utilidad
objetivo, debía estar cerca de 156, entonces esos pesos que faltaban no
salieron del aire. Salieron de su utilidad.
Esa diferencia es la que muchos
dueños no ven. No pierden dinero de manera evidente, pero dejan de ganar lo
necesario. Y dejar de ganar lo necesario, sostenido en el tiempo, también
enferma al negocio.
La segunda forma de calcular
utilidad es sobre el precio final. Aquí la pregunta cambia. Ya no dices “quiero
ganarle 30% al costo”, sino “quiero que de cada peso que entre, cierto
porcentaje sea utilidad”.
Por ejemplo, si quieres que el
20% del precio final sea tu utilidad y tu costo es 120, no multiplicas por
1.20. Tienes que dividir el costo entre 1 menos el margen que quieres ganar. Es
decir: 120 entre 0.80. Eso te da 150 pesos. Así, de cada 150 pesos que entran,
30 son utilidad, y esos 30 representan el 20% del precio final.
Suena técnico, pero el fondo es
simple: no es lo mismo aumentarle un porcentaje al costo que querer ganar un
porcentaje del precio final.
Y si no distingues eso, puedes
creer que ganas más de lo que realmente ganas.
Ahora, todavía falta algo.
Porque hasta aquí estamos
hablando como si vendieras tú directamente al cliente, sin intermediarios, sin
vendedores, sin comisiones, sin plataformas, sin descuentos, sin terminal
bancaria y sin nadie más queriendo su rebanada. Qué bonito sería. También sería
muy raro.
En la vida real, muchas veces
vendes a través de canales. Puede haber un vendedor que cobra comisión. Puede
haber una tienda que quiere margen. Puede haber un distribuidor que necesita
ganar. Puede haber una plataforma que cobra porcentaje. Puede haber pago con
tarjeta. Puede haber envío. Puede haber empaque especial. Puede haber muestras.
Puede haber devolución o merma.
Y claro, también está nuestro
principal socio fiscal: el SAT. Si tu producto o servicio causa IVA, ese 16%
tiene que estar contemplado en cómo se presenta, se cobra y se administra el
precio. No es utilidad tuya. No es dinero que apareció mágicamente. Es dinero
que pasa por tu caja, pero ya tiene dueño. Y si tu producto está exento, tiene
tasa cero o tiene algún tratamiento distinto, también hay que saberlo, no
asumirlo. Para eso existe el contador, para que no juguemos al fiscalista con
una calculadora y mucha confianza.
El punto es este: comisiones,
cargos de terminal, plataformas, canales e impuestos no se calculan igual que
una utilidad sobre costo. Normalmente viven sobre el precio final. Y si los
absorbes sin darte cuenta, ¿de dónde crees que salen? Exacto: de tu utilidad.
Supongamos que ya tienes un
precio base. Ese precio base cubre tu costo y la utilidad que quieres
conservar. Ese es el dinero que, pase lo que pase, necesitas recibir para que
la venta tenga sentido. Si vendes una pieza o cien piezas, por canal directo o
por distribuidor, con vendedor o sin vendedor, con terminal bancaria o en
efectivo, tu negocio debería proteger esa utilidad.
Ahora imagina que tu precio base
es de 156 pesos. Y además tienes un canal de venta que cobra 10%, un vendedor
que cobra otro 10% y una terminal bancaria que se lleva 5%. En total, tienes
25% de cargos sobre el precio final.
Aquí muchos hacen lo siguiente:
toman los 156 y los multiplican por 1.25. Eso da 195 pesos. Parece lógico: “si
tengo 25% de cargos, le aumento 25%”. Pero el problema es que esos cargos se
calculan sobre el precio final. Si vendes en 195 y te descuentan 25%, te quitan
48.75 pesos. Te quedan 146.25. Es decir, ya no conservaste los 156 que
necesitabas. Perdiste 9.75 pesos de tu precio base.
La forma correcta de conservar tu
precio base es dividirlo entre 1 menos el porcentaje total de comisiones. Si el
total es 25%, divides 156 entre 0.75. El resultado es 208 pesos. Ahí sí, cuando
te descuenten 25%, es decir 52 pesos, te quedan 156.
Y aquí está la diferencia: 195
contra 208. Son 13 pesos que parecen poca cosa, pero multiplicados por muchas
piezas, muchos pedidos y muchos meses, pueden ser la diferencia entre tener
utilidad o estar pagando para que te compren.
Porque cuando calculas mal, la
venta se ve bien por fuera, pero por dentro se está comiendo tu margen.
En el caso de Jacinta y Hoja
Santa, cuando hicimos el ejercicio con sus productos, llegamos a una conclusión
que al inicio le costó trabajo aceptar: algunos precios tenían que subir. En
venta directa, había productos que debían estar más cerca de 156 o 160 pesos
para ser sanos. Y si entraban vendedores, distribuidores, terminales o canales
comerciales, el precio tenía que revisarse otra vez.
Su primera reacción fue
completamente normal: “¿Cómo voy a competir? Voy a estar igual o más cara que
las camionetitas que venden queso Oaxaca, que el supermercado o que otros
negocios”.
Y esa pregunta era válida.
Porque una vez que calculas tu
precio correcto, empieza la otra parte del trabajo: entender tu mercado.
No basta con decir “esto me
cuesta, entonces esto vale”. Hay que saber cuánto está pagando la gente por
productos similares, quiénes son tus competidores reales, qué opciones tiene el
cliente, cómo se presenta tu producto, qué tan fácil es conseguirlo, qué
confianza genera y qué valor percibe la persona que lo compra.
Aquí fue donde cambió la
conversación.
Porque su producto no era igual
al de las camionetas. No era un queso Oaxaca genérico que alguien compró sin
historia y revendió sin contexto. Tampoco era un producto de anaquel más,
perdido entre muchas opciones. Su producto tenía una característica que no
estábamos aprovechando: era un producto étnico.
Y uso esa palabra con toda
intención.
Étnico porque estaba relacionado
con una etnia específica, con una comunidad real, con personas que producían
desde una identidad cultural concreta. No era cualquier persona fabricando
cualquier producto para venderlo como “típico”. Era una red de mujeres,
familiares, artesanas y productoras de una comunidad triqui, sosteniendo una
oferta desde su propio origen.
Entonces le dije algo que para mí
fue clave:
“Tú no vendes un producto
oaxaqueño cualquiera. Vendes un producto étnico, con origen, identidad y
comunidad.”
Y eso cambia todo.
Porque cuando entiendes eso, el
precio deja de defenderse solo desde el costo. Empieza a defenderse desde la
promesa del producto.
La gente no paga únicamente por
el queso. Paga por calidad, por origen, por confianza, por historia, por
identidad, por saber que ese dinero también está ayudando a una comunidad
productora. Eso no significa que puedas cobrar cualquier cosa, claro que no. El
mercado tampoco está obligado a financiar una historia mal explicada. Pero
cuando el valor existe y se comunica bien, el precio se entiende distinto.
Ahí entra una parte que
trabajamos mucho en Método LINK: el desarrollo del producto. No solo qué
vendes, sino qué promesa cumple tu producto. Qué necesidad atiende. Qué
beneficio entrega. Qué lo hace diferente. Qué estructura lo sostiene. Qué
experiencia vive el cliente cuando lo compra. Qué historia está pagando además
del objeto físico.
Porque a veces vemos personas
comprando cosas más caras y pensamos: “¿por qué pagarían eso?”. Y la respuesta
suele ser simple: porque no están pagando solo el producto. Están pagando todo
lo que ese producto representa, resuelve, promete o les hace sentir.
Un café no siempre es solo café.
Una camisa no siempre es solo tela. Un queso Oaxaca no siempre es solo queso
Oaxaca.
Pero si tú no sabes explicar eso,
el cliente tampoco tiene por qué adivinarlo.
Y aquí quiero ser muy claro: el
valor agregado no es inventar una historia bonita para justificar un precio
alto. Eso es maquillaje. Y en los negocios el maquillaje se cae rápido cuando
el producto no cumple.
El valor agregado real nace
cuando lo que dices, lo que vendes, lo que entregas y lo que el cliente vive
están conectados.
En el caso de Jacinta, después de
ajustar precios y replantear la forma de presentar los productos de Hoja Santa
como productos étnicos, cambió la conversación con sus clientes. Ya no se
trataba solo de comparar el precio contra la camioneta, el supermercado o el
puesto de la esquina. Se trataba de entender qué había detrás del producto,
quién lo hacía, a quién beneficiaba y por qué comprarlo tenía un valor
distinto.
Y cuando eso se explicó mejor,
algunos clientes aceptaron el cambio. No todos, por supuesto. Nunca todos. Pero
los clientes correctos empezaron a ver el producto desde otro lugar. Lo que
antes parecía “más caro” empezó a entenderse como algo con más sentido. Y esa
nueva presentación permitió vender de una manera más clara, más digna y más
alineada con la verdadera identidad del negocio.
Más adelante les contaré otra
historia de esta misma emprendedora, porque con Jacinta y Hoja Santa aprendimos
algo maravilloso: no se trata de tocar fuerte y fuerte para ver quién te abre;
se trata de encontrar la puerta correcta, esa que abre con más fuerza. Pero eso
lo vamos a platicar en otro blog.
Por ahora, quedémonos con dos
ideas.
La primera: necesitas tener un
buen esquema de costos. Si no sabes cuánto te cuesta vender lo que vendes, no
estás poniendo precios; estás apostando. Y a veces la apuesta sale bien, pero
construir un negocio a base de apuestas es bastante cansado. Si no sabes de
costos, acércate con alguien que sí sepa. Jacinta lo hizo. Revisó, ajustó,
entendió mejor su negocio y Hoja Santa siguió caminando.
La segunda: necesitas entender tu
producto. No solo sus características, sino su promesa. Qué resuelve, qué
representa, qué necesidad cubre, qué experiencia entrega y por qué alguien
debería elegirlo frente a otras opciones. Cuando entiendes eso, puedes dejar de
competir únicamente por precio y empezar a competir por valor.
Porque vender barato puede mover
producto.
Pero vender con valor puede sostener negocio.
El problema no es cobrar más. El
problema es no saber por qué cobras lo que cobras.
Y si hoy tienes productos que se
mueven, pero el dinero no se queda; si tus precios los calculaste “más o
menos”; si das descuentos para cerrar y luego no sabes por qué no alcanza; o si
sientes que cada venta te trae trabajo, pero no tranquilidad, tal vez vale la
pena revisar algo más profundo que el precio.
Tal vez necesitas revisar tus
costos.
Tal vez necesitas revisar tu producto.
Tal vez necesitas dejar de pagar para que te compren.
En Método LINK estas
conversaciones forman parte del camino. No se trata de venderte una respuesta
rápida ni de decirte “sube tus precios porque sí”. Se trata de ayudarte a mirar
con claridad qué hay detrás de cada venta: costos, canales, comisiones, producto,
promesa y valor percibido. A veces la solución empieza justo ahí, en una
conversación honesta donde el precio deja de ser ocurrencia y empieza a ser
decisión.
Y si al revisar descubres que
estabas pagando para que te compren, no te espantes. Mejor verlo ahora que
seguir financiando ventas con cara de éxito.
Y antes de cerrar, vale la pena decir algo: esta historia no se queda solo en el aprendizaje. Detrás de ella hay una emprendedora real, con una marca real y con productos que siguen llevando identidad, trabajo y origen a quienes los conocen. Si quieres conocer más de Jacinta Martínez y de Hoja Santa: Productos Artesanales, te invito a visitar su página de Instagram: @hojasanta8 y de Facebook: @Hoja.Santa.triqui.oaxaca Porque cuando hablamos de productos con valor, también vale la pena conocer a las personas que los hacen posibles.
Soy el Sr. LINK, y recuerda:
Nuestro negocio es que tú
negocio sea negocio.



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